¿Alguna vez escuchaste hablar del Reino de Bután? Es un pequeño país (un poco más grande que toda la provincia de Misiones), con poco más de 800.000 habitantes (continuando la comparación con nuestra provincia, posee 400.000 habitantes menos), ubicado en el sur de Asia, entre China y la India, situado en la Cordillera del Himalaya y cuyo nombre significa, literalmente “Reino del Dragón del Trueno” (y eso se ve reflejado en su bandera). Te invito a que leas lo que sigue, porque te va a hacer preguntarte (y replantearte) muchas cosas de nuestro país.

Es un lugar con algunos paisajes únicos, propios de su geografía, que asimismo le dan una variedad térmica inusual (en ciertas regiones de alta montaña, la temperatura más cálida anual es incluso más fría que la temperatura más baja de las regiones del sur), cuya forma de gobierno es una monarquía constitucional, siendo Jefe de Estado el Rey y Jefe de Gobierno, el Primer Ministro. Sus principales ingresos económicos surgen de la generación de energía hidroeléctrica, la agricultura y el turismo, al que se abrió en 1974, resaltando que se limita la cantidad de visas que se extienden por año para evitar la llegada masiva de turistas, atento al principio de sustentabilidad y para que sea viable para la naturaleza, cultura y sociedad.

¿Quieren otras notas de color? A más de 4000 metros de altura crece el yagtsaguenbub, un híbrido entre vegetal y animal (planta en verano, gusano en invierno). Su principal ciudad, Timbu, es una de las únicas capitales del mundo que no tiene semáforos, posee un solo aeropuerto internacional en la ciudad de Paro, que es considerado uno de los más peligrosos del mundo ya que se encuentra a más de 2000 metros sobre el nivel del mar y rodeado de montañas que sobrepasan los 5000 metros, funcionando únicamente en horario diurno y con el cumplimiento de ciertas exigencias (según la prestigiosa publicación Travel and Leisure, solo 8 pilotos en el mundo están certificados para aterrizar en él). El tabaco es ilegal, es un país que emite cada año 1.5 millones de toneladas de dióxido de carbono, pero con más del 72% de su superficie ocupada por bosques, estos son capaces de absorber más de 6 millones de toneladas, por lo que no solo neutralizó del todo sus gases contaminantes (el único otro Estado con esta grandiosa cualidad es la Ciudad del Vaticano), sino que ayuda a limpiar la polución global, por lo que marca un ejemplo a seguir en cuanto al respeto a la naturaleza, citando como ejemplo que el único récord Guinness certificado que posee el país fue adquirido en el mes de junio de 2015, cuando cien voluntarios plantaron en tan solo una hora 49.672 árboles (¿y si lo hiciéramos acá?) y tienen la costumbre de pintar y tallar un objeto muy particular en sus casas, para ahuyentar los demonios y los malos espíritus.

En fin, como verán, es un país particular y definitivamente muy diferente a los demás. Pero todo lo que dijimos hasta ahora solo sirvió de introducción a lo que es, realmente, el detalle distintivo: para medir su progreso y crecimiento, el Rey Jigme Singye Wangchuck creó el Índice de Felicidad Nacional Bruta, ya que consideraba que los indicadores del Producto Bruto Interno son inadecuados para atender y entender las necesidades humanas. Evidentemente, aunque la economía es importante, en Bután saben que no es lo único y que tienen tanta o más importancia, la cultura, el espíritu y el medio ambiente, y el concepto se basa en el equilibrio entre lo material y lo espiritual.

El trasfondo histórico de este índice surge cuando este rey se convirtió en 1974 en el entonces monarca más joven del mundo (tenía solo 17 años) tras la repentina muerte de su padre y se propuso conocer hasta el último rincón de su país y a cada uno de sus habitantes, con el objeto de conocer sus verdaderas necesidades. Para ello, viajó a las zonas más recónditas y se reunió con hombres y mujeres de todas las edades, profesiones y orígenes y llegó a una conclusión: el motor de desarrollo del reino (al que le quedaba muchísimo por hacer para equipararse a los demás países) no debía ser el PBI, como en el resto del mundo, sino este índice de felicidad. El progreso no puede medirse únicamente por el dinero, ya que debe ir acompañado de un crecimiento espiritual, medioambiental y de un buen gobierno (y son estos cuatro, los pilares sobre los cuales el índice se sustenta).

Dicen quienes han estado en el país que rara vez se escucha un insulto o a alguien levantando la voz, que son muy familieros y que se respira un aire de paz, lo que se encuentra en sintonía con el entorno ambiental. Y si a esto le sumamos que en los últimos 40 años ha pasado a garantizar la educación (en inglés), la sanidad y la comida para sus habitantes, a tener el sistema eléctrico casi totalmente subvencionado, su agricultura es completamente ecológica, la planificación urbanística está estrictamente regulada y el turismo tiene un alto valor (quienes solicitan visa deben abonar por adelantado un monto aproximado de US$ 220 por día de estancia en el país, pero que incluye alojamiento, comida, vehículo con guía, desplazamientos y visitas, estimándose en US$ 65 el remanente neto para el Estado) y poco volumen, cuyos ingresos pagan la mayor parte de los impuestos que dejan de pagar los butaneses, habiéndose también en este período disparado la esperanza de vida de 44 a 68 años y la tasa de alfabetización alcanzado un 60%. ¿Un poquito más? A pesar de no priorizar el PBI como indicador, en 2007 fue el país que más rápido creció y alcanzó la renta per cápita más alta de todo el sudeste asiático.

Pero, ¿cómo se mide la felicidad de los habitantes? Cada dos años, una muestra de ciudadanos butaneses responde al cuestionario elaborado por el gobierno, el cual se sustenta en los cuatro pilares ya mencionados y se subdivide en nueve dominios: bienestar psicológico, salud, educación, cultura, ecología, uso del tiempo, nivel de vida, vitalidad de la comunidad y gobernabilidad. Cada uno de ellos adquiere un valor en la fórmula y se analiza utilizando otros 72 indicadores, cuyo resultado proporcionará la cifra que guiará al gobierno en sus políticas.

Después de todo esto que les contamos, creemos pertinente recordarles que al principio, este índice fue tomado “con pinzas” por la comunidad internacional, ¡e incluso algunos le hicieron burla! Sin embargo, en el año 2011 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó una resolución no vinculante orientada a hacer de la felicidad un “indicador de desarrollo”, comprometiéndose el embajador de Bután ante la ONU a ayudarlos a entender mejor el concepto, lo cual demuestra que la idea trascendió las fronteras de ese pequeño Estado.

Dice el aforismo que “el dinero no da la felicidad”. Podemos discutir eso a nivel individual (¿quién no querría sentarse a llorar en un Ferrari?), pero a escala global, en un mundo en el que la economía determina en forma exclusiva y excluyente quiénes son potencias y quiénes los relegados, un pequeño país se abre paso y hace su propio camino. Y por si se lo preguntaban, la última estadística indica que menos del 5% de la población butanesa se considera “infeliz”, por lo que, sin perjuicio de los grandes avances que lograron en materia económica, para lo que es para ellos lo verdaderamente importante, definitivamente mal no les va.

 

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