Actualmente, según la Organización de las Naciones Unidas, hay 194 Estados reconocidos, con autogobierno y completa independencia. ¿Los más pequeños? La Ciudad del Vaticano, sede Papal, con una superficie de 0,44 km2; el Principado de Mónaco, un lugar lujoso y con el índice de desarrollo humano más alto del mundo con 2 km2; y en tercer lugar, con sus 21 km2, la República de Nauru. Sí, leyeron bien, Nauru.

Es más que probable que la mayoría de ustedes no haya escuchado, leído o mucho menos hablado de este país y por eso vamos a contarles un poco más, pero déjenme decirles que no fue un lugar elegido al azar o por su carácter de ignoto para muchos, sino que tiene ciertas peculiaridades que enseguida se las cuento. Pero primero empecemos dando sus características generales.

Nauru es un estado independiente con 11.000 habitantes, que como ya dijimos, tiene una superficie de 21 kilómetros cuadrados (para que comparen, la provincia de Misiones tiene 29.801; es decir, en nuestra provincia entran un poco más de 1.400 “naurúes”). Tiene una forma ovalada con una laguna en su centro, está ubicada sobre el Océano Pacífico en el archipiélago de la Micronesia, en el continente de Oceanía, aproximadamente 50 kilómetros al sur de la línea del Ecuador y a diferencia de muchos Estados de la zona, consta de una sola isla (un atolón, para ser más precisos). No tiene capital, en razón de no poseer ciudades delimitadas, pero la sede del Gobierno se encuentra en el distrito de Yaren, lugar en el que también se encuentra el único aeropuerto de la isla.

A ver, ¿qué más? Dar “una vuelta a la isla” por su camino principal, se hace recorriendo una extensión de aproximadamente 18 kilómetros, 3 de los cuales son usados por la pista de aterrizaje del aeropuerto, donde se encuentran también los únicos semáforos, cuya función es detener a los autos cuando hay un vuelo aterrizando o partiendo. Conducen por la izquierda, la velocidad máxima permitida es de 30 millas por hora (aproximadamente 50 km/h), hay 2 hoteles (pero varios alojamientos “particulares”), su vecino más cercano es la isla de Banaba, a 300 kilómetros, el único transporte público es un autobús comunitario que tarda 1 hora en dar toda la vuelta a la isla y lo hace varias veces al día, tiene una tasa de alfabetización del 96% y su presidente es Baron Waqa.

Podríamos seguir dando “random tips”, como que las mejores playas están en la zona de Anibare, que a pesar de ser limitado en cantidad de gente, tiene distintos restaurantes en los que sirven, entre otros, comida china, india o libanesa, que hay varios bares sobre el mar, tanto en la zona este como oeste de la isla, desde donde se puede observar la salida y puesta del sol respectivamente con un marco soñado, pero lo que me hace escribir sobre Nauru, es algo más específico, y no del todo lindo.

Nauru es una de las tres grandes islas de fosfato (material de gran uso en objetos industriales y domésticos, principalmente como abono) del Pacífico, recurso natural no renovable que fue explotado (sobreexplotado mejor dicho) y que fue durante años la principal -y prácticamente única- fuente de ingresos del Estado. Allá por los años ‘70, era todo un cuento de hadas: la extracción de fosfato dejaba tantos ingresos, que los habitantes de la isla no tuvieron que pagar más impuestos y el dinero era redistribuido entre los entonces menos de 9000 habitantes en proporciones tan cuantiosas, que Nauru tenía el índice de Renta per Cápita más alto del mundo, posición que hoy la ocupa el ya mencionado Principado de Mónaco (aclaremos que entre 194 Estados, continúa bien rankeado, ya que está en el puesto 47, incluso por sobre Argentina, que ocupa el lugar 62).

Para que se hagan una idea del carácter absolutamente no renovable del fosfato, tengan en cuenta que este se forma a través de la transformación química durante cientos de miles o incluso millones de años, del guano (excremento) de las aves que en sus migraciones anuales hacia el norte desde Australia, tenían solo esa islita a mitad de camino, por lo que paraban a hacer “sus necesidades”, dejando grandes riquezas en suelo nauruano (la basura de algunos es el tesoro de otros, ¿cierto?).

¿Y qué hicieron con tanto dinero? El Estado Nacional, por ejemplo, además de hacer algunos (no muchos) negocios sabios y previsores -como enviar dinero a fondos de inversión para garantizar ingresos a largo plazo-, compró propiedades en distintos lugares del mundo, principalmente en Australia, donde se ordenó la construcción del que era, a la época de su inauguración, el edificio más alto de Melbourne. Lo llamaron Nauru House y capitalizaban sus rentas. Pero, ¿qué hacían los habitantes de la isla, tan pequeña y bastante aislada del resto del mundo? El hobby principal era comprar autos de alta gama y recorrer toda la isla y si el auto tenía alguna falla funcional o estética, ¿para qué arreglarlo? Era simple, compraban otro. Divertidísimo, ¿no?

Pero era obvio que el ascenso meteórico de este país en la escala de desarrollo económico y social, en base a un recurso natural no renovable, tenía fecha de vencimiento y lamentablemente eso ocurrió a fines de los años ’90. El problema eterno tercermundista de la corrupción de los funcionarios, gastos innecesarios e inversiones equivocadas, vieron a sus reservas disminuirse a casi un 10% de lo que tenían (pasó de mil millones de dólares a poco más de 100 millones entre 1990 y 2000).

Para que se hagan una idea de algunas de las maravillas de la gestión durante esos años, podemos poner el ejemplo del musical Leonardo: a portrait of love, que se estrenaría en Londres y contaba la historia de la creación de la célebre Gioconda. Aconsejados por un ex manager de bandas pop de los ‘60, quien a su vez oficiaba como asesor del gobierno, invirtieron millones. El proceso de producción empezó en 1991 y la obra se estrenó el 3 de junio de 1993. Antes de que termine la primera función, la mayoría del público ya se había ido. Pésimas críticas conllevaron a un gran fracaso de taquilla y cinco semanas después, el 10 de julio, la obra se canceló. Sencillamente brillante.

Como consecuencia de la sobreexplotación del fosfato, el 80% del área del país fue devastada, dejando pináculos afilados de hasta 15 metros de altura, lo cual también afectó la Zona Económica Exclusiva correspondiente al Estado, estimándose que el 40% de la vida marina del área dejó de existir. El cúmulo de deudas sobreviniente obligó a la venta del Nauru House y de otras inversiones inmobiliarias, como el Hotel Mercure o el Savoy Tavern, e incluso en 2005 tuvieron que vender el único avión que tenían y que comunicaba a la isla con “el mundo exterior” (quédense tranquilos, en 2007 recuperaron el avión y ya no están aislados).

Pero no solo se vieron sumidos en una gran crisis económica: el estilo de vida de los nauruanos también se vio afectado, ya que más del 90% de la población actualmente se encuentra desempleada y del 10% que tiene un trabajo, un 95% lo hace para el Estado. Al dejar de crecer en la isla los árboles frutales que eran la base de su dieta, empezaron a consumir más y más comida procesada y esto, sumado al sedentarismo (no nos olvidemos que estaban acostumbrados a recibir todo “de arriba” y sin impuestos), derivó en el 93% de la población con sobrepeso u obesidad (más del 70% padece esta enfermedad) y ostenta la tristísima primera posición en cuanto al padecimiento de diabetes de nivel 2 (aproximadamente 40% de sus habitantes).

¿Y cómo se hace entonces para salir de esta crisis? Bueno, mejor dicho, cómo se intenta hacerlo. Planes, tuvieron muchos. A principios del año 2000, Nauru hizo un intento de convertirse en un paraíso fiscal, ofreciendo pasaportes nacionales a extranjeros a cambio de sumas (importantes) de dinero, o la posibilidad de establecer un banco por la módica suma de 25.000 dólares, sin otros requisitos. Pero al ser incluido en la lista de “países no cooperativos en la lucha contra el lavado de dinero” por el Grupo de Acción Financiera contra el Lavado de Dinero la (FATF por sus siglas en inglés) y bajo la presión que significaba encontrarse inserto en la misma, el país dictó leyes anti evasión en 2003, lo que motivó que la FATF lo excluya de su lista en 2005.

Otra de las “vetas” para paliar la situación, deviene del detalle no menor de que Nauru es miembro de la ONU y, como tal, tiene un voto que vale exactamente lo mismo que el de cualquier otro Estado. En el año 2002, este país reconoció a la República Popular China como una sola (recordemos que la República de China, más conocida como “Taiwán”, se considera a sí mismo un Estado independiente pese a su no reconocimiento por muchos Estados y a los reclamos de China continental respecto a su soberanía), a cambio de una ayudita económica de más de 100 millones de dólares. Desde 1980 que Nauru tenía lazos comerciales y sociales con Taiwán, quienes ultimaron al gobierno a dejar sin efecto esa declaración, y así lo hicieron en 2005 (se estima que a cambio de una suma similar). Decidiendo por ello, la República Popular China romper lazos. Pero esto no es todo, también reconocieron a la República Árabe Saharí Democrática, pero en 2000 se lo quitó a cambio de una donación por parte de Marruecos y la firma de una serie de acuerdos. ¿Una más? Es 2009 se convirtió en uno de los cuatro Estados en reconocer a Abjasia y a Osetia del Sur como independientes y autónomos, separados de Georgia, y como no podía ser de otro modo, a cambio recibieron una interesante donación por parte de Rusia en concepto de “ayuda humanitaria”. Ponele.

Finalmente, Nauru forma parte de la “Solución del Pacífico”, un programa ideado por el gobierno australiano para “evaluar y analizar” a ciudadanos de distintas nacionalidades (principalmente del sudeste asiático) que buscan asilo en el territorio de ese país. ¿Y dónde se quedan mientras estudian las solicitudes? En un campo de refugiados instalado en la isla de Nauru, a cambio de casi 9 millones de dólares al año. Pero luego de numerosas denuncias sobre graves violaciones a derechos humanos que allí ocurrían, en 2007 Australia decidió poner fin al programa, lo que al gobierno nauruano le trajo incluso más problemas económicos: disminuyó el PBI, se perdieron puestos de trabajo y el Estado se vio sin fondos para proveer servicios a sus habitantes. Pero “por suerte”, en el año 2012 se reinició la Pacific Solution y se reabrió el campo de refugiados, recibiendo el país una importantísima suma de dinero a cambio.

Como verán, la situación en la isla es muy zigzagueante, y actualmente aparenta estar en un buen momento, pero por sobre todas las cosas lo más importante es el optimismo. Y de esto, no les falta: como consecuencia de la crisis, los nauruanos volvieron a la pesca, y con esto hay esperanzas de que mejoren su alimentación y con ello se reduzcan los índices de sobrepeso y diabetes. Con respecto a la economía, el presupuesto aprobado por el Parlamento para el período 2018 previó ingresos por US$128.7 millones y gastos por US$128.6, proyectando un más que modesto crecimiento económico. Mientras tanto, no queda más que esperar y ver qué sorpresas nos depara el futuro de la República más pequeña del mundo. Mientras tanto, yo seguiré intentando ahorrar para conocer en primera persona este lugar que, con defectos y virtudes, me parece fascinante. Y ojalá la próxima vez que escriba sobre el tema, lo pueda hacer desde el bar Jules on the Deck, tomando un mojito mientras miro en ese entorno maravilloso, la puesta del sol. Googlealo y después contame 😉

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