María Ponce y su sobrino, Santino, idearon muñecos para mitigar los difíciles momentos por los que atraviesan los chicos internados en el Hospital de Pediatría, de Posadas. Antes de finalizar el 2019 entregaron 69 creaciones para chicos de hasta 15 años. Cada juguete lleva unas 35 tapitas.

No pensaron que la iniciativa “tuviera tanta repercusión porque no lo hicimos por una cuestión de fama. En el fondo sólo queríamos hacer algo. Fuimos investigando, viendo fotos en Internet. No es que somos inventores de la idea, aunque funciona a modo de prueba y error. Lo más complicado era ver cómo evitar que se desarmaran, qué cosas podía hacer Santi, cómo cerraba yo. En 2019 es como que evolucionamos porque hicimos otros modelos, y dejamos de muestra los que fallaron o que no teníamos seguridad que no se desarmaran”, explicaron.

“Pensamos qué podíamos hacer para ayudar o transmitir algo al que menos tiene o está pasando por un momento de dolor. Y definimos que los destinatarios sean los chicos del nosocomio”.

 

Las tapitas son prácticas, fáciles de conseguir, y no se generan tantos gastos a la hora de la confección. “Utilizamos hilos plásticos, hacemos nudos y lo máximo que tuvimos que comprar es un torno manual para perforar porque el año pasado quemábamos cada tapita con un clavo caliente y cortábamos los bordes con cuchillo, lo que hacía doler las manos. Tratamos de usar pegamento que no sea tóxico. Se complica, pero tratamos de hacer lo más sencillo posible. La idea es que los chicos se entretengan un ratito. Cuando fuimos a hacer la entrega vimos un par de cosas fuertes. El año pasado Santino no pudo ingresar a las habitaciones, pero este año nos hicieron entregar en todas, niño por niño. Menos a los oncológicos. Dejamos los paquetes a las enfermeras para que ellas se los acercaran”.

En el 2018, quisieron efectuar la entrega para Navidad, pero finalmente la hicieron para Reyes el año pasado. En esta ocasión, pudieron llevar el 24, y repetirán la entrega en breve. Quizás a mediados de febrero. Tía y sobrino admitieron que no suelen tomar mucha gaseosa, pero “tenemos la costumbre de guardar las tapitas. Son conductas. Es como cuando comés un caramelo y guardás el papel en la mochila y lo tirás en tu casa. O lo de pirotecnia cero. Lo mismo pasa con las tapitas.

Hablo con mis compañeras en la escuela que me juntan, otras que se fueron enterando ahora y me traen la parte de los sifones, que vamos viendo como adaptamos. También tapas de perfumes, desodorantes, voligoma, estuches de chocolates, vemos que no todo se perfora entonces vemos cómo podemos adaptar y si el pegamento funciona para ese material”.

Al describir las actividades que le competen a cada uno, María indicó que “yo perforo y mi sobrino hace las patitas, de las que tenemos las medidas. Después hago los nudos. No le ponemos tanta expresión a las caritas porque, de acuerdo a un texto que leímos, la expresión la tiene que poner el niño, que provenga de su imaginación, de lo que siente. Entonces le ponemos una boquita sutil en lugar de una sonrisa”.

Al referirse a Santino, lo describe como a un chico “muy maduro para la edad que tiene, y después de la recorrida charlamos sobre lo que nos pasó. Cuando empiezan las vacaciones se instala, y éste es nuestro hábitat. Quiero que él y mis otros sobrinos aprendan a ponerse en lugar del otro, que vean la realidad. Más aún en los tiempos que vivimos. Viajamos mucho en colectivo, y todas las conversaciones que escuchás son mala onda. Santi me dijo: fijate tía, sin tener nada, todo lo que generamos. Siempre le digo si vos querés, podés hacer miles de cosas. No hace falta tener mucho”.

“Es un conjunto de pequeñas cosas, contribuís con el medio ambiente, das amor al otro, al niño que está pasando ese rato tan feo. Podés hacer cosas al menos para un ratito, un pequeño detalle puede cambiar al menos un instante de ese niño que está sufriendo”, describió María, y se emocionó hasta las lágrimas al recordar los momentos cerca de los chicos.

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