⭐⭐⭐ Días siendo campeones del mundo: 1150 | ★★ Días siendo bicampeones de América: 575

Por Diego René Martín


En el mundo hay un puñado de hombres, de la política, que no necesitan gobernar. Que no necesitan afiches y carteles. Que no necesitan ocupar cargos ejecutivos. Carlos Eduardo Rovira es uno de ellos. Y el hecho de que se siga escribiendo su nombre a esta altura dice más de la política misionera que cualquier encuesta.

A tres semanas de las elecciones del 8 de junio, mientras la oposición juega a disfrazarse de alternativa y cae, inevitablemente, en su propio amateurismo, la Renovación avanza con la serenidad de quien ya conoce el final del cuento. El Frente Renovador de la Concordia camina las chacras, los pueblos, ciudades y barrios, administra los tiempos, ordena sus dirigentes como quien ordena un mazo de naipes antes de repartir. Y en esa coreografía hay un director que no aparece en las fotos.

Rovira no es un político. Es un concepto. Una idea que excede la inmediatez electoral, que se mueve en otra frecuencia. Mientras la política nacional se devora a sí misma en el barro de Twitter y los slogans desechables, en Misiones Rovira construye un modelo político que mezcla pragmatismo, control territorial y una alquimia de mística, doctrina y lealtades personales. Una mezcla antigua y nueva. Una cosa inclasificable.

El voto en contra de la oposición para la declaración de Dos Hermanas como municipio, fue la muestra más clara de su incapacidad para subirse al tren de un consenso elemental, y terminó de desnudar la miseria estratégica del resto de los actores. Si se escucha a Rovira hablar, como sucede en esas reuniones previas a las sesiones legislativas que se transformaron en una misa doctrinaria, se entiende por qué.

Mientras los otros ensayan consignas armadas con ChatGPT y mueven los hilos de marionetas atadas a CABA, Rovira recita a Borges, traduce del francés, canta la Marsellesa acapella y explica la política como quien da una clase magistral privada a sus propios dirigentes. Una misa. Rovira es un político que no usa Instagram ni se saca selfies. No lo necesita. Hace algo infinitamente más importante: piensa. Y en estos tiempos, pensar es una forma de poder. De poder y de revolución.

La Renovación mantiene su estructura no porque reparta cargos, sino porque administra sentido. Nadie en la política misionera duda de quién conduce. Y lo hace, además, con una pedagogía que ya no existe en la Argentina. Rovira no ordena: enseña. No presiona: convence. Esa es su verdadera maquinaria.

La cuestión de la Ficha Limpia, esa escenografía barata que intentó instalar el macrismo para disimular su desorden nacional, no alteró el mapa misionero. Porque en Misiones nadie actúa en función de las ansiedades de Belgrano R, Recoleta o Palermo Soho. Acá las cosas se deciden en otros ámbitos, con otros códigos y otros relojes. La intervención de Rovira fue quirúrgica: permitió que el debate se diera, que la oposición se sacara las ganas de posar como paladines de la moral, y al final cerró el expediente con una votación ajustada pero contundente. No porque esté en contra de la ley, sino para dejar claro que Misiones no recibe línea de Buenos Aires.

Rovira, en el fondo, dejó expuesto a cada actor en su propia desnudez política. Macri y Lospennato fueron superados inmediatamente por Milei y Adorni. La Renovación demostró que sabe distinguir entre lo que hay que discutir y lo que hay que ignorar. Mientras en Buenos Aires se entretienen con slogans, acá se gobierna.

La oposición, atrapada en sus vanidades y peleas de bares, todavía no lo entiende. Siguen creyendo que el problema es el candidato. O la campaña. O las redes sociales. No registran que el verdadero obstáculo es estructural: no tienen conducción. Y en política, sin conducción, no hay proyecto. Sin proyecto, no hay poder. Y sin poder, solo queda mendigar espacio en la próxima foto.

Misiones es, hoy, un laboratorio político donde se prueba con éxito una versión local de peronismo sin peronismo, radicalismo sin radicalismo, libertad sin motosierra, populismo sin épica nacional y verticalismo sin autoritarismo. Ese fenómeno tiene nombre y apellido: Carlos Eduardo Rovira. Rovira conducción.

Share.