La caída se produce en un contexto donde los precios de la carne aumentaron muy por encima de la inflación y continúan afectando el bolsillo de las familias.
Entre enero y mayo, la producción de carne vacuna se redujo un 7,3% respecto al mismo período del año pasado, mientras que las exportaciones crecieron un 5,1%, impulsadas principalmente por la demanda de Estados Unidos. En paralelo, el mercado interno mostró una fuerte retracción: el consumo aparente cayó un 11,1% interanual, equivalente a más de 106 mil toneladas menos destinadas a las mesas argentinas.
La explicación principal está en los precios. Mientras la inflación acumuló una suba interanual del 33,2%, la carne vacuna aumentó un 57,9% en los últimos doce meses. Actualmente, el kilo promedio ronda los $18.569, muy por encima de otras proteínas como el cerdo, que se comercializa cerca de los $9.151 por kilo, o el pollo, que cuesta alrededor de $5.048.
La diferencia también se siente a la hora de organizar un asado para ver a la Selección Argentina. Un encuentro para diez personas, considerando unos tres kilos de asado, dos kilos de vacío, chorizos y morcillas, puede superar fácilmente los $90.000 sin contar bebidas, pan, ensaladas ni carbón. Si se agregan esos gastos, el costo total puede acercarse o incluso superar los $120.000, una cifra que para muchos hogares resulta difícil de afrontar.
Ante este escenario, los argentinos modifican sus hábitos de consumo y buscan alternativas más económicas. El pollo ya alcanzó niveles de consumo cercanos a los 47 kilos por habitante al año, prácticamente igualando a la carne vacuna, mientras que el cerdo superó los 19,5 kilos per cápita y marcó un récord histórico. Aunque el consumo total de carnes se mantiene elevado, la composición de la mesa argentina está cambiando y el tradicional asado comienza a convertirse en un lujo cada vez más ocasional.
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