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Es brasileña y forma parte de la compañía Dance Theatre of Harlem, en Nueva York. Durante más de una década, pintó cada uno de sus pares de puntas para que tuvieran el tono de sus piernas. Esta semana, anunció que una empresa fabricará para ella calzado marrón o cobre.

Cuando llegó a Nueva York, la bailarina brasileña Ingrid Silva descubrió dos cosas impensadas hasta ese momento: uno, por primera vez en su vida, ella no era la única negra en su clase de ballet; y dos, para formar parte de la compañía Dance Theater of Harlem, tenía que usar medias y zapatillas del color de su piel, así como sus compañeras blancas usaban las tradicionales prendas en tonos rosados o salmón. Una idea simple. Lo difícil era realizarla porque no existían (ni en 2008 ni tampoco existen hoy) tiendas que vendieran elementos para danza del color que Ingrid necesitaba. Por eso, cuando la semana pasada una empresa le mandó el primer par de puntas en color marrón, la chica lo contó emocionada en las redes sociales: “¡Llegaron! Durante los últimos 11 años, siempre he pintado mis zapatillas. Y finalmente no tendré que hacerlo más. Viva la diversidad en el mundo de la danza”.

Decenas de miles de personas en todo el mundo reaccionaron a esa publicación en sus cuentas de Twitter e Instagram. Los medios de Brasil (y varios de Europa y Estados Unidos) se hicieron eco de la historia. Y el video en el que Ingrid muestra el modo en el que pintó su calzado fue visto más de 26 mil veces en pocos días. “Puede que sea una historia única y rara de ver y eso generó mucha repercusión al tema de las zapatillas”, reflexiona ahora en diálogo con Clarín por correo electrónico. Silva está en medio de una gira con la compañía de la que es primera bailarina, y aún está sorprendida por la repercusión de su posteo.

La historia de Ingrid conoce de dificultades. Nació en un barrio muy humilde de la periferia de Río de Janeiro. Su madre era empleada doméstica y su padre, jubilado de la Fuerza Aérea brasileña. No había recursos para carreras artísticas, pero la niña descubrió el ballet a los 8 años gracias a un programa social. Desde entonces, nunca se separó de la barra ni de las puntas. Aunque, eso sí, empezó a teñirlas. No lo hacía en Brasil, mientras se formaba, pero sí fue un requisito cuando llegó a Nueva York y se sumó a la compañía Dance Theater of Harlem: “Me di cuenta de que la compañía tenía más diversidad que todo el país de donde vengo. Es cierto que nunca sufrí ningún ataque verbal viviendo en Brasil, pero a través de las miradas lo sabemos todo. Y el ballet es muy elitista y no tiene muchos bailarines negros. Pero cuando llegué aquí, me sentí bienvenida y me di cuenta de la diferencia”, cuenta.

En la Dance Theater of Harlem había muchos intérpretes negros. Y blancos. Y asiáticos. Para todos, el requisito era el mismo: “El grupo fue fundado en 1969 por Arthur Mitchell, el primer bailarín negro de la ciudad de Nueva York, que impuso el criterio de hacer que los bailarines vistieran ropas que imiten y, sobre todo, respeten la línea continua de sus cuerpos”.

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