Nota de opinión por Érika Verón


La situación carcelaria en la Argentina, cuyo estallido ocurrió en el auge de esta pandemia, profundizó la grieta exponencialmente. Es que al parecer a los argentinos nos enojan los problemas que aparecen «de repente»: todo eso que surge de la intolerancia, de la indiferencia, del egoísmo en su horrendo sentido. Pues de la misma manera en que -determinado grupo social- desecha ciertas discusiones, también desecha gente.

Sí, las cárceles en Argentina funcionan como un depósito humano. No reeducan, ni corrigen, ni buscan devolverlos mejor a la sociedad. Sólo deshumanizan aun más al que llega deshumanizado. Todo «eso» que representa un peligro, una enfermedad, un mal y rompe con el esteticismo o higienismo social –
para esta concepción lombrosiana de la cuestión criminal tan actual- debe ser apartado. Vaya paradoja mencionar que la gran masa de cuerpos dóciles allí colocados, son pobres. Pero ésto último merece una reflexión todavía más honda.

Los medios masivos de comunicación jugaron y juegan un rol trascendental en esta ola de desinformación e incitación al pánico extramuros. Es sabido que la mayoría -y los más grandes- se ubican en la Capital. Esto explica porqué lo ocurrido con los presos de la cárcel de Devoto -instalada en un barrio porteño- el pasado 24 de abril fue tan difundido e inauguró el «debate».

El caso Devoto fue un símbolo. Fue una ventana de la realidad que siempre estuvo ahí pero que ahora en medio de una cuarentena, por fin, parece visibilizarse con mayor fuerza. Es una explosión de miseria, violencia y desidia que detona con la misma intensidad y por el mismo motivo en contextos de encierro repartidos por todo el país, pero que aún siguen siendo invisibles. La segregación de quienes cometen delitos pasó, hace tiempo, a otro nivel. No sólo veo gestarse, una vez más, una concepción bélica del conflicto carcelario, también la escucho y leo en el afuera. Afuera, donde resiste el paradigma de que una persona privada de la libertad ambulatoria debe ser privada de todos los demás derechos inherentes a cualquier otro ser humano.

El reclamo fue legítimo. Y consistía nada más ni nada menos que en un poco de humanidad: en el diálogo, en condiciones dignas, en atención sanitaria, en libertad a los que no les corresponde, legítimamente, haberla perdido. Cabe hacer un paréntesis y mencionar un aspecto lógico y es que, precisamente, el riesgo de contagio del Covid-19 aumenta en instituciones totales como lo son las cárceles o los geriátricos, por ejemplo.

Es redundante y hasta engorroso referirse de nuevo a lo mismo. A todo eso que se resume, más o menos, en pedir a los jueces que apliquen el derecho penal como corresponde. En explicar que la prisión domiciliaria no es conseguir la libertad. En repetir una y otra vez que los condenados por delitos graves no pueden acceder a ese beneficio porque existe una ley que así lo prevé. En sostener que el garantismo no es abolicionismo, que basta con leer un poco.

En alegar lo ficticio o utópico del famoso artículo 18 de la Constitución Nacional. En arrojar cifras y cifras de sobrepoblación, hacinamiento y de presos sin condena. En esperar que -por fin y de una vez por todas- el Estado con el mismo compromiso con el que ejerce el monopolio de la fuerza, logre abordar este conflicto también con responsabilidad y coherencia. En fin, volvemos siempre a ese círculo vicioso del que aparentamos no salir más.

Se dice por estos días que la pandemia está sacando a luz las peores miserias del hombre, la forma en que vive y se relaciona. Lo que refleja hoy el «tema cárceles» está dando fe de la decadencia, casi insalvable, de un sistema judicial y penitenciario completamente minados de corrupción y oscuridad. Y constituye una de las caras más rancias que puede tener esta sociedad. De hecho, se pide un mundo más justo, más amable, más pacífico pero ¿desde dónde se efectúa ese pedido? ¿acaso no es, en muchas ocasiones, desde la misma violencia con la que se pretende acabar? Puedo sostener que requiere cierta valentía sostener una visión como ésta, que apela a la legalidad, al respeto por el Estado de Derecho, a la construcción de algo mejor a partir de lo que se corrompió. En otras palabras, a partir de la convivencia con el delito.

Ninguna sociedad está preparada para atravesar una pandemia, tampoco ninguna de nuestras
cárceles.

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