Por Abelardo Meza Aguerre, Abogado y Profesor Universitario en Cs. Jurídicas


Cuando pensamos en un golpe de Estado, lo primero que se nos viene a la mente es el derrocamiento de un presidente democráticamente electo a manos de un grupo de militares sublevados. Por desgracia Sudamérica es experta en la materia y apellidos como Videla, Stroessner y Pinochet siguen siendo parte de nuestra vida diaria, desde luego, como ejemplo de lo que no queremos para nuestra sociedad.

Pues la idea de golpe de Estado pareciera haberse aggiornado. El fantasma de la dictadura, que parecía haber desaparecido, reaparece camuflado, de la mano de una sociedad latinoamericana que en los últimos años giró de forma muy marcada hacia la derecha, dejando de lado aquella idea de hermandad latinoamericana propulsada hace algunos años.

El país que más abruptamente cambió fue Brasil. La alegría brasileña ya no es tal; el gigante latinoamericano optó por un gobierno militar, y digo militar porque el hecho de haber sido electo democráticamente no quita que sea un gobierno integrado esencialmente por militares, con Jair Bolsonaro a la cabeza, pero además con sus excompañeros de armas ocupando los principales ministerios de la Nación.

Recordemos que el primer mandatario verdeamarelo no llegó camuflado de Heidi al poder, sino que durante la campaña exhibió todas su cartas, replicando e incluso enfatizando la política de ultraderecha puesta de moda por el magnate norteamericano Donald Trump. Bolsonaro jamás negó pertenecer a la extrema derecha, lo que lejos de transformar en víctima al pueblo brasileño, lo hace cómplice de este hombre, o al menos al 47% que lo votó en primera vuelta y al más de 55% que lo eligió en el ballotage.

Durante la campaña presidencial del 2018 se despachó contra homosexuales, mujeres, negros y aborígenes, los que sumados deberían representar una enorme mayoría del electorado, sin embargo éstos colocaron por delante el odio/temor hacia el Partido de los Trabajadores (PT), liderados por Luis Ignacio Lula Da Silva y representados por Fernando Haddad.

En su repertorio neofascista, Bolsonaro fue muy duro al referirse al colectivo LGTBI, diciendo entre otras cosas que si su hijo mostrara tendencias homosexuales le daría una paliza. «Sería incapaz de amar a un hijo homosexual. No voy a ser hipócrita aquí. Prefiero que un hijo mío muera en un accidente a que aparezca con un bigotudo por ahí». “No los voy a discriminar, pero si veo a dos hombres besándose los voy a golpear”. Llegando incluso a señalar el origen del ‘problema’: «Los homosexuales lo son por consumo de drogas, solo una pequeña parte lo es por defecto de fábrica». Por señalar solo algunas de sus frases desagradables para con los homosexuales.

Con las mujeres tampoco se mostró muy amigable que digamos, considerándolas inferiores y señalando que no merecen tener los mismos salarios que los hombres, ya que su condición las hace menos eficientes y más costosas para el empleador. En relación a sus hijos dijo haber tenido cuatro hombres, en tanto que con la quinta “falló” (por ser ésta mujer). Pero la frutilla del postre fue decirle a una diputada, ante las cámaras de televisión, que no la violaba porque no se lo merecía, frase dicha en el Congreso Nacional del Brasil, siendo él diputado.

El presidente no tuvo problemas en manifestar además expresiones racista, señalando que no corre el riesgo de que sus hijos se enamoren de una negra, ya que fueron bien educados. Negros éstos que “nos hacen gastar millones en ellos y que sin embargo no sirven siquiera para procrear”. Asimismo, como para no dejar títere con cabeza, se despachó contra los aborígenes, llegando a decir que «Cada vez más el indígena es un ser humano como nosotros», manifestándose en reiteradas ocasiones a favor de abrir tierras indígenas y reservas ambientales a la explotación minera, agrícola y energética.

Está más que claro que Bolsonaro desnudó su esencia mucho antes de ser presidente, de hecho quizás por eso fue elegido, sin embargo en su escalada de locura no deja de sorprender. La última noticia lo vincula a hechos y expresiones que ponen en riesgo el orden institucional del hermano país, dado que salió a la luz un video donde el mandatario manifiesta abiertamente no estar dispuesto a que continúen las investigaciones judiciales que compromete a su entorno y que incluso podrían concluir con su destitución.

En el video, grabado durante una reunión de gabinete y divulgado por el Ministro del Supremo Tribunal Federal Celso de Mello, Bolsonaro manifiesta abiertamente su decisión de armar a la población –política que viene poniéndose en marcha desde la génesis de su gobierno–. Su idea es armar al pueblo para evitar una dictadura, ya que “el pueblo armado jamás será esclavizado». En esta ocasión para hacerle frente a “la dictadura de los gobernadores” que aislaron sus estados y ciudades para proteger a la población de la pandemia

El video de la reunión de gabinete llevada a cabo el 22 de abril último muestra como el Presidente insta a sus ministros a encarcelar a gobernadores e intendentes que adopten la cuarentena, además de manifestar su desconfianza para con China, paradójicamente, su principal socio comercial.

La reunión en cuestión fue el precedente inmediato de la renuncia del Ministro de Justicia, el conocidísimo Sergio Moro3 , quien acusó abiertamente al presidente de pretender intervenir en la Policía Federal del Estado de Río de Janeiro para impedir que se sigan investigando maniobras fraudulentas que podrían comprometer al entorno de Bolsonaro.

El primer mandatario, quien en el pasado se manifestó abiertamente a favor de las dictaduras militares, ahora acusa de golpistas a quienes no se alinean a sus políticas, señalando que sería muy fácil instalar una dictadura en Brasil, pero sin inmutarse cuando uno de sus ministros sugiere encarcelar a todos los ministros del Supremo Tribunal Federal (el equivalente a nuestra Corte Suprema de Justicia de la Nación).

En el video, además de haber manifestaciones despectivas para con el gigante asiático (“China es como aquel tipo al que hay que aguantar porque te compra»), se defiende abiertamente el golpe de Estado de 1964 y el Ministro de Educación acusa a Brasilia (la clase política) de ser el cáncer del país, sugiriendo detener a los ministros del más alto cuerpo del Poder Judicial, expresión que fue complementada por la pastora y ministra de Familia, Mujer y Derechos Humanos, quien dijo que “van a ir a prisión los gobernadores”.

El magistrado Celso Mello pidió la opinión del Fiscal General para confiscar el celular del Presidente, por lo que el ministro de Seguridad Institucional acusó al juez de crear inestabilidad, mientras que Bolsonaro fue tajante al señalar que no entregaría el aparato.

Al día de hoy Bolsonaro está siendo investigado a raíz de la denuncia de su Exministro de Justicia y el video en cuestión forma parte de las evidencias aportadas al proceso. Ahora corresponde al Fiscal General decidir si acusa o no a Bolsonaro ante el Congreso. En caso de hacerlo, estaría en manos del Poder Legislativo admitir dicha acusación, en cuyo caso suspendería al Presidente por 180 días, durante los cuales sería juzgado por el Supremo Tribunal Federal.

¿Se imaginan? Una vez más Brasil decidiendo la continuidad o no de su Presidente. Pero yendo aún más allá, ¿se imaginan a estos generales devenidos a gobernantes siendo expulsados de sus cargos y quedándose en el molde? Las expresiones que los preceden y su poca vocación democrática por un lado, y la formación de grupos paramilitares adeptos al oficialismo, por otro, hacen prever lo peor. Como pocas veces, la amenaza de golpe es de quienes ganaron las elecciones.