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René Favaloro no fue un simple cirujano. Fue una conciencia. Una brújula moral en un país que muchas veces pareció perder el rumbo. Nacido el 12 de julio de 1923 en La Plata, este médico argentino cambió la historia de la medicina con una idea tan audaz como humilde: que el conocimiento debe estar al servicio del otro. A 102 años de su nacimiento, su figura no solo sobrevive: interpela.

Favaloro inventó el bypass aortocoronario, una cirugía revolucionaria que salvó millones de vidas en todo el mundo. Lo hizo en 1967, desde la Cleveland Clinic, uno de los centros más prestigiosos de Estados Unidos. Pero ese logro no nació de un laboratorio sofisticado, sino de una ética de trabajo forjada en el barro, en las rutas polvorientas de La Pampa profunda.

Porque antes de ser el “padre del bypass”, fue médico rural en Jacinto Arauz. Doce años recorriendo campos, conociendo a cada familia por su nombre, atendiendo partos, fracturas, enfermedades y dolores del alma. “Ser médico no es solo recetar u operar; es estar, escuchar, comprender”, escribió en Recuerdos de un médico rural. Desde allí, desde esa experiencia austera y profundamente humana, se formó el Favaloro que luego cambiaría el mundo.

Pero no se conformó con los laureles. Volvió a la Argentina con un sueño mayor: construir una medicina de excelencia científica y compromiso social. Así nació la Fundación Favaloro en 1992, una institución que combinó atención médica de alta complejidad, investigación y docencia. Su objetivo era claro: formar médicos con técnica, pero también con conciencia.

El país, sin embargo, no estuvo a la altura de su entrega. Las obras sociales dejaron de pagar, el Estado no respondió, y Favaloro —el hombre que jamás buscó rédito personal ni patentó su invento— se encontró mendigando fondos para sostener su proyecto. En julio del año 2000, tras meses de reclamos ignorados, se quitó la vida. Eligió el corazón, ese mismo órgano al que había dedicado su vida, para terminar la suya.

En la carta que dejó, escrita con la misma lucidez con la que operaba, apuntó al núcleo del problema: “Estoy cansado de luchar, de ver cómo se pierden los valores que nos enseñaron nuestros padres. Cómo triunfan la corrupción, la codicia y la deshonestidad”. No fue un suicidio. Fue una denuncia. Una que todavía arde.

René Favaloro no fue neutral. Habló de pobreza, de desigualdad, del aborto clandestino, de los niños desnutridos como una acusación al Estado. Denunció el neoliberalismo que convertía la salud en mercancía, pero también cuestionó los privilegios disfrazados de justicia de los gobiernos populares. Su ética no tenía bandera: tenía convicción.

Vivió con austeridad. Caminaba por su barrio, respondía cartas de estudiantes, leía historia argentina. Escribió libros, dictó clases, inspiró a generaciones. Hoy su nombre está en hospitales, escuelas, universidades. Pero su verdadero legado está en la conciencia de quienes entienden que la salud no puede ser un privilegio.

En un país que muchas veces se olvida de sus mejores hombres, Favaloro permanece como recordatorio incómodo y necesario. Nos sigue mirando desde su obra, desde su ejemplo. Porque mientras haya un médico que entienda que curar también es comprometerse, Favaloro seguirá vivo.

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