Si tenés entre 25 y 35 años, seguramente viviste en tu casa alguna de estas dos situaciones: tus viejos eran súper políticos, abrazando siempre uno de los dos bandos: justicialismo o radicalismo. La militancia era desde la cuna, como ser de River o Boca, y se vivía en base a los ideales del partido. Sin discutir nada, apoyando ciegamente con cuerpo y alma al proyecto. Y después estaba la antítesis: los padres apolíticos. No querían saber nada, no les interesaba, no les importaba. Sosteniendo que gobierne quien gobierne, igual iban a tener que seguir trabajando, pagando impuestos, comprando lo de siempre en el súper. La vida seguía igual: algunas veces, con el bolsillo lleno; otras, un poco más vacío. Pero eso era algo que iba a ser siempre así, por lo que era cuestión de prever la época de vacas flacas.

Hoy, esa polarización partidista está bastante desdibujada. En el medio hay tantas ideas como personas que buscan identificarse en algún espacio que les dé cabida. En el medio estamos los jóvenes, que no vivimos en la época de Yrigoyen o Perón y que los conocemos solamente por los libros de historia. Quizás por eso, nuestra generación se caracteriza por la indiferencia hacia los referentes partidarios y políticos. ¡No los vivimos como ustedes, viejos!

Al preguntar por qué debería interesarnos la política, no nos referimos a que te afilies, enamores y cases con un partido político, ni con sus referentes. Ya lo estudiamos en Formación Ética y Ciudadana, en el secundario: hacer política no es sólo ser de tal o cual partido, sino que implica involucrarnos en diferentes ámbitos de la sociedad, para usar las herramientas que tenemos y modificar realidades. ¿Algún ejemplo? Centro de estudiantes del colegio o de la facu, ONGs, comisiones barriales, fundaciones. Involucrarnos en esas instancias también es una forma de participación política y que incluso hacemos a veces sin notarlo.

Nos guste o no, la política atraviesa todos los aspectos de nuestra vida en sociedad. Qué medidas adoptan quienes nos gobiernan, conocer cuáles son los planes del partido de turno a largo plazo y qué opciones tenemos como oposición, cómo plantear nuestras ideas para que impacten en la realidad, son formas de interiorizarnos sobre los actores, los procesos y en qué momento político, económico y social nos encontramos. ¿Para qué nos sirve saber todo eso? Básicamente, para dejar de mirarnos un rato el ombligo.

Ya sea que estés de un lado, del otro o en el medio, es importante saber que si bien la militancia es súper importante como base de una opción política, hoy en día hay otras personas que se están destacando en los partidos y que, sin ellos, el partidismo del siglo XXI se vendría abajo en dos segundos: los técnicos. Antes, el «líder» era el que sabía qué hacer, cómo hacerlo y cuándo. Hoy, más allá de su intuición, olfato y cintura política, los cráneos del partido ya no (únicamente) son ellos, sino profesionales que actúan como consultores en cada movimiento y comunicación que se haga. Son formas de participación que hacen que a gente como nosotros nos «llegue» un candidato, una acción y que, al fin de cuentas, decidamos darle nuestro visto bueno como pueblo.

Y después tenemos a aquellos ajenos a la política (outsiders) que un día decidieron -para bien o para mal- meterse para cambiar las cosas. El ejemplo que todos conocemos es el controversial Donald Trump, actual presidente de los Estados Unidos. Seguramente estarás pensando: con plata, cualquiera lo hace.

Si después de todo esto aún no te convenciste, te damos otro argumento, para que por lo menos lo medites. En Argentina, los grandes tomadores de decisiones siguen siendo los políticos. No existen personas o personajes que puedan (todavía) hacer que la balanza suba o baje completamente, que puedan modificar la realidad económica absoluta de un país cerrando una fábrica, dejando de venderle al mercado interno o cambiando de proveedores.

Está bueno saber y conocer qué plantea un partido, una organización, un candidato o un funcionario. Todos sabemos que pertenecer a un partido político no obliga a un funcionario a coincidir con él al 100%. Y esto nos ayuda a que, en las elecciones, no «compremos» una campaña; ir conociendo de antemano el modelo de gobierno, el modelo económico y así adelantarnos a pensar cómo sería ese partido si llegase al poder. El voto en blanco no es, como le dicen, un «voto castigo». No castiga a nadie. Es un voto inmaduro y sin compromiso. El hecho de meter el sobre en la urna, habiendo hecho la tarea, empodera al votante y le da realmente la participación y la decisión que suma. 

Y te garantizo que, una vez que empezás a meterte, vas a ver que incluso es muuuuuy divertido.

 

Categorías: Notas y Noticias