Los uruguayos de “La Vela Puerca”, en ese potente disco “De bichos y flores” de 2001, nos contaron la historia de José y su idea de que “la vida es así, que te da solo pa’ quitarte”. Con esta canción como banda de sonido, y con una complejísima situación social, política y económica de fondo, intentaré poner sobre la mesa la discusión sobre nuestros jóvenes y sobre el hecho de que la proyección de derechos que han estado logrando en décadas de lucha hoy está siendo golpeada duramente por el gobierno nacional, golpeada con desfinanciamiento universitario, con cierre de escuelas, con castigo mediático a sus opiniones, con represión a las manifestaciones públicas y, ahora, como frutilla del postre, con la absurda discusión sobre la baja en la edad de imputabilidad.

Para quienes convivimos diariamente con jóvenes y aprendemos todos los días de ellos es muy doloroso ver como algunos sectores de la sociedad se empeñan por criminalizar a la juventud  y por encontrar en ellos a los culpables absolutos de todos los males del país. Es profundamente entristecedor, asusta, enoja, preocupa, pero no sorprende. No sorprende porque “los amores no pueden durar”, porque la vida es dura y porque estamos llenos de viejos vinagres, de tristes raúles a quienes les queda muy cómodo condenar a un niño que roba un celular o una cartera en vez de discutir la estructura de poder y de distribución de riqueza que lo obliga a estar en la calle, a dejar la escuela, a vivir sin amor, sin una familia que lo auxilie y lo contenga y, sobre todo, sin posibilidades.

Esta idea de, como se dijo, “criminalizar” a la juventud, viene de la mano de una serie de encasillamientos a los que nos tienen tristemente acostumbrados los señores que dirigen la casa rosada; puesto que la instalación (mediática y política) del relato del niño con la AK-47 en Provincia de Buenos Aires (posta, lo dijeron los capos de Cambiemos) es parte de una gran estrategia de construcción de un estereotipo de joven no solamente violento y ladrón; sino también profundamente ignorante, desconocedor de las cuestiones más básicas de la vida sana en sociedad y carente de las aptitudes que se requieren para opinar, para decidir o para contribuir siquiera en la construcción de nuestra sociedad. Es decir, el joven es un sujeto destinado exclusivamente a hacernos caso a los adultos, o en su defecto a ser castigado por ello con todo el peso de la ley penal, de la social y de la mediática.

Seamos claros y sinceros: esta no es una batalla contra la inseguridad ni nada parecido, es una batalla contra la juventud y contra los jóvenes; porque así como intentamos construir este estereotipo de “la juventud perdida”, instalamos el del adulto que, a modo de Jekyll y Hyde, es todo lo contrario. Es todo lo contrario puesto que éste último, como poseedor absoluto del aleph borgeano ve todo claramente, entiende todo a la perfección, sabe todo lo que debe saber y está en condiciones óptimas para decidir qué deben hacer estos pobres descerebrados y, de paso, manejar el mundo como corresponde.

Esta discusión sobre la baja en la edad de la imputabilidad, impulsada por el Presidente de la Nación hace unos días, es solamente una avanzada más de las tantas protagonizadas por este ejército de raúles, no es nada nuevo; pero dentro de las muchas ofensivas que han encarado, ésta es especialmente interesante porque desnuda la profunda contradicción que los golpea: los jóvenes son muy chicos para opinar, para decidir, para votar, o para decirnos que nos equivocamos, por la sencilla razón de que a su edad no saben nada, no saben ni siquiera que está bien o que está mal. Pero ojo que si roban un celular la cosa es distinta.

Mi propósito en estas líneas es hacer una súplica, una súplica en primer lugar a los que tenemos unos años más y que dejamos atrás los veinti, para que de una vez aprendamos a  escuchar a los más jóvenes, ellos  tienen mucho que decirnos, mucho que enseñarnos y mucho que aportar a la construcción de una sociedad mejor y más justa, y no tienen la culpa de que estemos enojados con este mundo de mierda, con este país de mierda y con estos gobiernos de mierda que, por otra parte, hemos construido nosotros.

Pero también estas líneas son una súplica para los más chicos, para que no abandonen la lucha, para que sigan remándola y, como dice la canción, para que “levanten copas y copas al dolor”, primero, porque con copas siempre todo es más fácil y llevadero; y segundo, porque “cuando todo se viene jodido es cuando hay que poner”.